Corría principios de los 2000 cuando una muchachita de una
pequeña ciudad del sur de España se encontró por azar con un libro coreano (o,
quién sabe, quizás fuese él quien la encontró a ella) y se volvió completamente
loca.
Esa muchachita, que ya hoy no lo es tanto, os manda un
saludito 😂.
Como ya sabrán los que me siguen desde hace tiempo, yo me
enamoré de la literatura coreana cuando acababa de entrar en la universidad
gracias a (o por culpa de) La canción de Chun-hiang. Tras la lectura de ese
libro, tuve la necesidad de aprender más y más sobre este país del que solo
sabía que nos había jodido a los españoles el Mundial del 2002 (eso es lo que
me decían, porque a mí el fútbol jamás me ha interesado).
El caso es que, siendo estudiante, mi economía no me daba
para estar comprándome libros cada dos por tres, así que recurrí a la
biblioteca de mi ciudad y tecleé: “Corea”. Solo salieron dos títulos: “La
estación de las lluvias” de Helen Kim y el libro que os traigo hoy.
Corea vista por 12 autores es una obra realizada en
conjunto por doce artistas de novela gráfica, seis coreanos y seis… FRANCESES.
Sí, sí. Franceses. Y es que esta obra es el resultado de un proyecto llevado a
cabo con el apoyo de la embajada de Francia en Seúl con el motivo de la
celebración del 120º aniversario de las relaciones diplomáticas
franco-coreanas.
Por ello, reunieron a artistas coreanos y franceses para
que crearan historias en las que reflejasen su visión de Corea. El resultado
fue… INCREÍBLE. Pero, ¿por qué? ¡Por lo variado!
Es difícil hablar en términos generales de una antología,
más si es de varios autores. Pero, de manera resumida, puedo decir que me resultó
curioso ver cómo los artistas coreanos escribieron historias más críticas (de
exclusión social, machismo…), mientras que los franceses fueron más…
“superficiales”. Reflejaban más el mundo de arco iris y piruletas que muchos
piensan que es Corea del Sur (que, OJO, es un grandísimo país, pero no
Disneyland). Justo como turistas. Y es que, para los franceses Corea era un
sobrino mono al que tenían que cuidar por unas horas. Para los coreanos, ese
niño era su hijo, al que tenían que educar con el objetivo de que mejorase.
El tono, los recursos usados como hilo conductor
(biografías ficticias, tradiciones y leyendas coreanas…) hace que los relatos
sean de lo más diverso, y que de todos ellos aprendas cosas distintas e
interesantes.
Si pudiera expresar cómo me sentí leyendo este libro con un
ejemplo, sería “la sensación de asistir a un debate”. Un debate en el que se
tocan varios aspectos de un tema en común, y en el que casa ponente tiene una
visión e interés personal.
Sin duda, a mí este libro me ayudó muchísimo a aprender más
de Corea. De la de verdad, y también un poquito de la de mentira. Fue también
uno de los primeros libros que leí y le tengo un cariño especial, lo reconozco.
Aunque es muy antiguo (2007), en la relectura que he hecho
para esta reseña, me ha sorprendido (y asustado) comprobar que aunque Corea ha
avanzado muchísimo, lo que aquí se denuncia sigue tan, tan presente…
Es un libro que recomiendo a todo aquel o aquella que
quiera adentrarse en Corea de una manera realista, pues, como dijo un profesor
al que admiro mucho “como experto, uno no se puede permitir el lujo de
idealizar el objeto de su estudio”.
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