Seúl, 2 de mayo de 2021
No quiero abrir la agenda. Si lo hago, me agobio. Soy la persona que menos sale de casa y que más ocupada está de este mundo ¿Por qué? Porque soy lenta como el caballo del malo.
Tan ocupada como estoy, no debería perder el tiempo escribiendo esta reseña que probablemente, nadie leerá. Pero, es que yo soy así. Y cuando algo me gusta, me obsesiono y quiero compartirlo con todo el mundo (menos los ligues ehhh, eso aviso que no lo comparto :P)
Y eso es lo que me ha pasado con este libro, Almendra de Won-pyung Sohn, o Sohn Won-pyung (lo siento, pienso que a los coreanos se les debe poner el apellido antes pues… ¡es como ellos están acostumbrados a escucharlo! Si supierais lo frustrante que es que aquí todo el mundo me llame “Airin” al leer mi nombre, lo entenderíais)
Esta novela me ha robado el sueño estos últimos días (literal). Es la historia de un joven que no puede sentir, y de otro que puede sentir demasiado. De como cada uno anhela lograr un poco de lo que tiene el otro, y una demostración de que la vida es un camino sin predecir, lleno de obstáculos que deben ser salvados sin llegar a la frustración. Pues eso es lo bonito de estar vivos, ¿no? Experimentar. Lo que sea. Pero sentir y experimentar, y dejar que la vida sea, como decía John Lennon, “aquello que sucede mientras nos empeñamos en hacer otros planes”.
Muchos encuadran Almendra dentro de la literatura juvenil. Suele pasar cuando el protagonista es un adolescente. Pero estoy totalmente en contra. Si un adolescente la lee, deberá volver a leerla en el futuro para entenderla al cien por cien y también, darle la razón a todas las verdades que este libro nos escupe en la cara de manera sutil pero evidente.
Una novela corta que no se lee, se bebe. Así que, ahora que llega el fin de semana y que NO conviene salir (ALERTA BICHO, OS LO RECUERDO) haceros con Almendra y, ¡pasad un buen fin de semana!

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