Seúl, 28 de febrero de 2023
¿Para qué negarlo? Soy una cuentista. NUNCA he dejado de leer literatura infantil. Y es que, haciendo gala de mi bipolaridad, es una de los géneros que más me gustan y disfruto.
Quizás porque creo que la literatura para niños no existe. Existen las historias que amoldan su lenguaje para que los más pequeños puedan entender "algo", pero, en realidad, todas tiene tramas que esconden mucho más. Algo solo visible para los adultos y que, no se por qué, suele lanzarnos un bofetón sin previo aviso.
Hwang Sun-mi es una maestra en este arte. Ya lo comenté en mi reseña de La gallina que soñaba con volar, que definitivamente NO es una obra para niños.
Eso mismo pasa con la historia que os traigo hoy. Aunque sí es cierto que tanto el lenguaje, como el argumento y el formato en el que se presentan son más asequibles para los peques que "el de la gallina", la verdad es que es una historia para los adultos que se han olvidado de cómo es ser niños. Especialmente, los maestros y, por qué no, también para los padres y madres.
Solo con su prólogo, Mis primeras llaves, en el que la autora cuenta la historia de cómo gracias a su maestra terminó siendo lo que es hoy día, logró emocionarme hasta las lágrimas. Y es que qué BONITA e importante es la profesión del docente y qué poca importancia se le da.
Pero también, los maestros, contrariamente a lo que muchos suelen creer, no cargan con el ADN de los de Marvel. Cometen errores. El principal es que se les olvida lo que es ser niño, y se obcecan tanto en sus métodos y teorías que a veces, buscando hacer el bien, logran todo lo contrario.
Es el conflicto ante el que se encuentra el pequeño Lee Geon-u quien desde el primer día que, por accidente, recibe una pegatina amarilla que lo señala como "malo", empieza a entrar en una espiral de angustias y errores de la que no sabe como salir, ni siquiera haciendo gala de sus talentos innatos.
La verdad que, no lo voy a negar, la obra me ha gustado pero han habido momentos en los que he notado que, tal y como afirma la propia autora en el prólogo, se quedó con las ganas de mancharse las manos de tiza. Vamos, que ni puñetera idea de lo que es ser maestra, pues tampoco es lo que plantea al 100%.
Sin embargo, la esencia de su historia es incuestionable y por eso creo que es una obra que deberían leer tanto los niños, para que aprendan a que nada ni nadie puede determinar lo que son ni lo que pueden llegar a ser; y también los maestros, para que abran los ojos cuando se nos olvide que somos "los mecánicos" de la máquina más hermosa y compleja de todas, porque ninguna ha sido creada en serie, y cada una viene con su propio manual de instrucciones, en la mayoría de los casos, sin traducir. Así pues, no queda otra que aprender el idioma 😉.


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